Recuerdo a “F.”, ingeniera de 32 años, llegando a mi consulta en Santiago con una frase que he escuchado decenas de veces: “Llego a mi casa y no puedo ni hablar. Me quedo mirando el techo por horas, pero no es tristeza, es como si me hubieran desconectado”.Llevaba tres años en terapia por “ansiedad generalizada” y ninguno de sus terapeutas había preguntado cómo era su experiencia en el colegio, en la universidad o en reuniones de trabajo. Cuando empezamos a explorar eso, quedó claro: F. no tenía un trastorno de ansiedad clásico. Tenía burnout autista. Y lo arrastraba desde los 12 años.
Masking: el arte invisible de sobrevivir
El masking —o camuflaje social— no es “fingir”. Es más profundo: es suprimir movimientos que te calman (como mecerse o girar un lápiz), forzar una sonrisa en el momento exacto, calcular cada palabra para no sonar “raro”, y aguantar un ruido que a nadie más molesta.
Todo eso, durante 8 horas al día, años seguidos, tiene consecuencias reales:· Agotamiento que no se alivia con dormir: Porque el cerebro sigue en alerta, revisando si “lo hiciste bien”.· Pérdida de identidad: Muchos adultos autistas me dicen: “No sé quién soy cuando nadie me mira”. El masking les robó la referencia interna.· Ansiedad y depresión secundarias: No por el autismo en sí, sino por vivir en un mundo que castiga la autenticidad.
El problema de la “adaptación a toda costa”
Durante décadas, la psicología tradicional —y muchos colegios en Chile— operaron bajo una lógica: “hay que adaptar a la persona autista al entorno”. Eso significaba entrenarlos para que soporten luces, ruidos, horarios rígidos y normas sociales que les resultan arbitrarias.¿El resultado? Generaciones de niños y adolescentes con crisis que se diagnosticaban como “trastorno de conducta”, “bajo rendimiento” o simplemente “flojera”. Cuando lo que realmente pasaba era burnout autista.
En PsanaMente hacemos lo contrario. No adaptamos a la fuerza. Acomodamos el entorno.Cómo trabajamos en la práctica (y por qué el WISC-V no es un fin en sí mismo)Una de las herramientas que usamos es el WISC-V, una evaluación cognitiva. Pero ojo: no la usamos para etiquetar. La usamos como un mapa.
Por ejemplo: si el WISC-V muestra que un niño tiene una velocidad de procesamiento lenta pero un razonamiento visual muy alto, dejamos de exigirle que resuelva problemas rápido. En vez de eso, le damos tiempo y apoyos visuales. El cambio no está en el niño, está en nuestras expectativas.Eso sí: no todo el mundo autista necesita un WISC-V. A veces basta con entrevistar a la familia, observar al niño en su ambiente y hacer ajustes simples: audífonos con cancelación de ruido, horarios flexibles, o permitir que se mueva mientras trabaja.
Lo que los papás y mamás me preguntan en consulta
¿Cómo sé si mi hijo está haciendo masking o solo es tímido?
Buena pregunta.
Una pista clave: el masking se nota en casa. Si tu hijo llega del colegio y explota por algo pequeño (un juguete fuera de lugar, una pregunta que le haces), probablemente no es un berrinche. Es desregulación. Gastó toda su energía en “parecer normal” y ya no le queda para regularse.El hogar debería ser el único lugar donde un niño autista no necesita actuar. Por eso nuestra intervención con padres no es para “corregir” al niño, sino para:· Prevenir el burnout escolar: Ajustando el entorno antes de que el adolescente diga “no voy más al colegio”.· Contener a los padres: Para que entiendan que no están criando a un hijo “difícil”, sino a un hijo que necesita un manual de instrucciones distinto.
Sanar el pasado, construir el futuro
Para un adulto que descubre su autismo tarde —como F., la ingeniera— la terapia implica un duelo. Duelo por los años de esfuerzo invisible, por las crisis que nadie entendió, por la sensación de estar “roto” cuando en realidad solo eras distinto.Pero también hay esperanza. Cuando F. entendió que no era “mala para la pega”, sino que estaba en burnout autista, pudimos hacer tres cosas concretas:
1. Reducir sus reuniones virtuales (le generaban más desgaste que las presenciales).
2. Incorporar 10 minutos de estimulación sensorial después del trabajo (su favorito: envolverse en una manta pesada).
3. Aprender a decir “necesito 5 minutos” en lugar de colapsar en silencio.
Hoy F. trabaja menos horas pero es más productiva y, sobre todo, no llega a su casa sintiéndose un robot descargado.

Alejandro Muñoz Z.
Psicólogo Clínico
¿Sientes que el esfuerzo por “encajar” te está sobrepasando?
Si eres adulto y te identificas con el cansancio que no se va, o si eres padre y ves que tu hijo lleba del colegio como si hubiera corrido una maratón, podemos ayudarte.No vendemos felicidad instantánea ni prometemos que “encajarás”.
Te ofrecemos algo más útil: un espacio para identificar cuándo la máscara te protege y cuándo ya te está enfermando.
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